FRAGMENTO DEL CAPÍTULO DE SANDRA MAJLUF EN EL LIBRO “MÁS ALLÁ DE LA ESCUELA – HISTORIAS DE APRENDIZAJE LIBRE”

Menuda tarea la de la desescolarización. Dicen que se necesita un mes de trabajo interno por cada año de escuela que tenemos encima. Cualquiera puede observar el comportamiento de un animal salvaje adentro de un zoológico y la desconexión con sus instintos vitales que esto genera. ¿Por qué pensar que es distinto para el animal humano? Pues eso es lo que hacemos con nuestros chicos: encerrarlos en jaulas de cuatro paredes, someterlos a horarios estrictos para hacer distintas actividades, para comer, para dormir.

Los liberamos los fines de semana para que no se nos arruinen del todo. Y el lunes, vuelta otra vez a la rutina. Y así durante, al menos, quince años. Lleva tiempo apagar a un ser libre y cargarlo con los nuevos programas de esclavitud. Suena fuerte, mas es tiempo de que despertemos: la mayor esclavitud es la del niño, que ha sido explotado detrás de un disfraz de amor. No quiero decir con esto que los padres estén conscientes de esta explotación. Por eso insisto en que todo cambio parte de un trabajo interno de los adultos, de tomar consciencia de los medios ya inaceptables a través de los que condicionamos a nuestros hijos. Los chicos no pueden rebelarse, ni escaparse, ni protegerse solos. Están a nuestra merced y esto los hace vulnerables.


Para poder realmente dejar en libertad a los chicos en su aprendizaje es necesario, primero, un proceso de sinceramiento con nosotros mismos; es decir, observar las barreras internas que nos hemos construido en torno a nuestra forma de aprender y los condicionamientos internos que esta forma nos trajo. Así podremos elegir conscientemente si vamos a seguir sosteniendo estas barreras o no. Se trata de prestar atención a nuestro modo de acercarnos al conocimiento, liberándonos de todo temor y juicio respecto de nuestro propio potencial.

Muchos de nosotros hemos tenido que recorrer un largo camino de reconexión con nosotros mismos, redescubriendo qué es verdadero y qué no. El objetivo es evitar que los niños tengan que pasar por este largo proceso, allanarles el camino para que nunca pierdan ese entusiasmo por aprender que naturalmente traemos cuando nacemos, como un impulso natural: aprender para vivir. Para lograrlo, es necesario vivenciar ese estado de libertad dentro de nosotros. Queremos respetar al niño en su libertad, mas primero hay que aprender a respetarnos a nosotros mismos.

Se trata de un trabajo de observación muy cuidadoso y honesto, de cuestionar cada acto, pensamiento y emoción que nos atraviesa, y observar si esto viene verdaderamente de nosotros mismos o si es herencia de nuestra cultura, de nuestra familia, o del modo de ver el mundo que tienen otros.

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Nos hemos desnaturalizado a fin de adquirir la condición civilizada, y esto significa el eclipse de gran parte de las funciones de nuestro cerebro. Te aseguro que, cuando entramos en ese espacio interno de libertad, es mucho más lo que podemos aprender y descubrir. Así nos volvemos felices, entusiastas y apasionados por la vida, tal como son los niños. Ellos, con su constante interés y entusiasmo, nos recuerdan quiénes verdaderamente somos y para qué vinimos al mundo.


Ahora, ¿es esto lo que ocurre en las escuelas? ¿Están los maestros verdaderamente conscientes de esta situación? Veo con tristeza que muchas veces salen exhaustos de la escuela. ¿Por qué? Porque están forzando a los chicos a aprender algo que no quieren. Hay un desgaste enorme de energía, de lucha, para cumplir con un objetivo que seguramente no es el del maestro, ni el de la directora, pero que la mayoría sigue al pie de la letra en la total ausencia de sí mismos, respondiendo a los requerimientos de un sistema educativo deshumanizado, y que responde, a su vez, a los intereses de las corporaciones ávidas por formar seres útiles, programados con lo que se necesite para mantener el statu quo. Lo curioso es que repetimos este formato en todos los órdenes de la vida, incluso en el arte, donde se supone que la libertad de expresión es la base para la creación.


Sandra Dodd nos habla sobre la desescolarización del adulto en relación con el unschooling que, en pocas palabras, podemos definir como la educación sin escuela, aquella en la que el aprendizaje no se separa de la vida misma:

La mayor parte del unschooling debe ocurrir en el interior
de los padres. Necesitan dedicar algún tiempo a catalogar
lo que es real y lo que es estructurado, lo que ocurre en la
naturaleza y lo que únicamente ocurre en la escuela (y, por
tanto, en las mentes de aquellos a los que les dijeron que la
escuela era la vida real, que la escuela era el trabajo a tiempo
completo de los niños, que la escuela era más importante
que cualquier otra cosa, que la escuela los apartaría de la ignorancia,
que la escuela los haría felices y ricos y correctos).
Es lo que ocurre después de que todas estas ideas sobre la
escuela sean desterradas de tu vida.

Encontré en la escucha atenta otro modo de superar en mí las respuestas automáticas provenientes de los condicionamientos. Escucha en el sentido de autoobservación constante de mis pensamientos y de mi propia palabra en la interacción con el otro. Creo que la palabra es la clave para ver con claridad muchos de nuestros mecanismos inconscientes. Nuestra palabra delata lo que está oculto para nosotros mismos.
Queremos ir en una dirección y, mientras hablamos, estamos diciendo lo opuesto y, en consecuencia, creando en esa dirección una realidad distinta a la que imaginábamos.

Este es el principal motivo de confusión que creamos en nuestros hijos, pues ellos sí están verdaderamente conectados con lo que nuestra esencia trasmite y no entienden el lenguaje incoherente con el que acompañamos nuestros actos. Por ejemplo, queremos decirle que ahora necesitamos un tiempo para nosotros, para hablar por teléfono, mas de nuestra boca sale: “Hijito, ¿querés ir a la habitación un ratito a jugar con los juguetes que te trajo la abuela?”. Hay un segundo de incomprensión en la cara de ese niño y, al segundo siguiente, continúa hablándonos o haciendo lo que estaba haciendo, como si nada hubiésemos dicho. Acto seguido, pensamos que es un rebelde; nuestro pedido, entonces, se transforma en una orden, usamos un tono de voz más alto, y el niño cada vez entiende menos. Entonces pensamos que es un caprichoso cuando, en realidad, todo lo que está mostrando es nuestra propia incoherencia y manipulación oculta en el lenguaje.

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Para acompañar el desarrollo del potencial interno de cada ser, sea niño, adulto, o nosotros mismos, es necesario volver a preguntarnos todo, a cuestionarlo todo para luego sí poder confiar. Pues entonces la confianza será genuina, y no resignación o entrega inconsciente de nuestro ser. Es entonces cuando podremos crear una
realidad acorde a nuestras necesidades y no a las de otros. Trasmitir esto a los chicos a través de la vivencia es el gran tesoro que se pueden llevar de su paso por nuestras vidas; no nuestras propiedades, dinero, estatus o prestigio.

A los chicos no les interesan nuestros ideales, sino lo que en verdad somos; si lo que hacemos es vital o no. En este sentido, estar con chicos es estar en la fragua: constantemente nos ponen a prueba para que no nos olvidemos de estar presentes a cada momento. Se trata de una presencia en lo sutil, más que en lo externo.

Si bien mi camino me condujo fuera de la escuela, sé que una relación vital con un niño puede desarrollarse en cualquier lugar, aun en la escuela más carcelaria. Y al revés también: he visto respuestas automáticas, reglas rígidas y desconexión en personas, familias y escuelas libres. ¿Cómo tendría que ser un sistema educativo que permitiese al niño, al joven, ser una persona feliz, vital, sana, creativa, compasiva, solidaria, siempre dispuesta a aventurarse a nuevos horizontes? En primer lugar, no debería tratarse de un sistema. Cualquier modelo que implique que todos tienen que hacer lo mismo al mismo tiempo es autoritario desde su inicio. Hablamos, escribimos y estudiamos tanto sobre educación y modos de aprender, y creo que es más simple de lo que muchas teorías pedagógicas proponen. Se trata de jugar, de descubrir y sostener esa energía que nos impregna cuando estamos verdaderamente entusiasmados con algo.


Todos coincidimos en que queremos que los niños aprendan, que sean felices, que sean entusiastas. Entonces viene el trabajo de sincerarse con uno mismo. ¿Somos nosotros entusiastas? ¿Qué queremos que aprendan? Si estamos un poco despiertos, diremos que lo que ellos quieran, mas ¿estamos siendo honestos? ¿Qué expectativas tenemos sobre ellos? Estamos inmersos en una cultura del tener: tener cosas, dinero, familia, una profesión, etc. Y desde que son muy pequeños transmitimos a los chicos que no importa tanto lo que somos, sino lo que tenemos.


sandra-majluf  Sandra Majluf

Sandra Majluf es profesora de nivel preescolar, primario, secundario y terciario. Participó de la fundación de escuelas experimentales en las ciudades de La Plata, Esquel y en la provincia de Tierra del Fuego. Durante cuatro años, viajó con su familia visitando distintas experiencias de educación alternativa, y ofreciendo talleres y cursos sobre aprendizaje autónomo y colaborativo en varios países de Latinoamérica. Hoy, en la comunidad de aprendizaje Caranday, su mayor interés es cocrear, a partir del autoconocimiento, una nueva forma de relacionarnos, desde la compasión y aceptación total, acompañando a niños y adultos a mantener viva la llama del entusiasmo, la pureza, el juego, a fin de construir un mundo más acorde a la naturaleza prístina que nos habita.


MSALLD_1 “Más allá de la escuela – Historias de aprendizaje libre” (2018)

Constanza Monié – Cesilia Roja (comp.)

Contacto con las editoras: Facebook 📘 Historias de aprendizaje sin escuela

¡Gracias por permitirnos compartir estos textos!


Fotos: Espacio Vivo Munay


 

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